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jueves, 10 de mayo de 2018

Relato "Guardiana de sus recuerdos" de Rocío Díaz





Guardiana de sus Recuerdos
Rocío Díaz Gómez


Una anciana acercaba despacio un humeante plato a la mesa, intentando no derramarlo. Al mismo tiempo su hijo llegaba corriendo a la cocina, tras oír que le llamaban para comer:
—¡Venga hijo! ¿Dónde estabas? ¿Otra vez enviciado con tus dibujos?
—¿Con los dibujos? No, que va mama, estaba, estaba…  No sé.
—No importa hijo, ya estás aquí, se enfría la comida y la sopa fría no sabe a nada.

Mientras se sentaba, la anciana con sus artríticos dedos revolvió su pelo con una caricia antigua. Con inmensa ternura peinó las suaves canas que clareaban el escaso pelo de su hijo.

—Mamá… ¿Podré salir luego al jardín?
—¿Al jardín, hijo? Mejor ves una película ¿no? o lees tus libros.
—No mamá, ya no llueve, mejor al jardín ¿Puedo…? ¡anda! Seguro que me vienen a buscar… Solo un ratito…
—Bueeeno mi vida, pero sin pasar de la verja, ya sabes que luego si sales a la calle te pierdes…
—Sí mamá… vale, hasta la verja.

Y mientras él acercaba la cuchara a su boca, la madre rozó con delicadeza la frente de su hijo, siguiendo cuidadosamente las arrugas que sus 65 años, dos meses y trece días habían ido arando sobre su piel. Caminos profundos pero cortos como la memoria de su niño. Aquel niño a quién una remota operación, que pretendía curarle la epilepsia, le amputó la memoria para siempre. Desde aquel triste día su presente resbala como pez de entre las manos. Y los recientes recuerdos naufragan en aquellas aguas transparentes a las que quedó reducida su memoria.

Su niño canoso permanece en 1953. Su reloj se paró. Y aún tiene 10 años aunque vista pantalón largo. 10 años, aunque por su piel hayan resbalado las lluvias de casi 66 inviernos. Por eso espera cada tarde que sus amigos lleguen con sus bocadillos a buscarle. Lleguen para salir a jugar al balón. Pero no llegan nunca. A esas horas andan ya preparando la merienda de sus primeros nietos. La anciana nunca pensó que podría cuidarle durante tanto tiempo. Ya ni se acuerda desde cuándo cuenta, tanto su edad como la de su hijo, en años, meses y días, a sabiendas de que cada hora trae el regalo de velar por él. Aún así hace tiempo que reservó plaza en una residencia de ancianos. Y cada primero de mes, sin falta, llama por si ha cambiado el personal para explicarles la situación: “Perdóneme que sea tan pesada, pero él no es como los demás, él no es más que un niño de 65 años, dos meses y trece días sí, pero un niño…”

– Antonio hijo… No juegues con el tomate… Si ya terminaste, venga, sal un rato al jardín…
– ¿Al jardín…?- Sí, mi vida, ¿no querías ir…?”
-¿Yo…? -contesta él- No lo recuerdo…
– Claro mi niño, pero para eso estoy yo, para eso está tu madre, para recordártelo…




Cómo ya os he contado, estuve en otra aventura literaria en Zaragoza, éste es mi relato que obtuvo el premio único de Microrrelato en la categoría adulta en el II Certamen Literario de la Asociación cultural y teatral Actúa el pasado 5 de mayo de 2018.

Espero que os haya gustado.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Uno de mis relatos premiados: "La cesta de Caperucita"de Rocío Díaz



Y se fue abril. 

Se fue volviéndonos locos con sus cambios de tiempo, sus calores y fríos extremos fuera de temporada. Se fue arrasando con los abrigos y las bufandas, a cambio de lluvias y más lluvias, pero también algún que otro premio.

Ay. Eso fue lo mejor. Se fue abril pero me dejó un tercer premio, un primer premio, y la ilusión de una lista de finalistas de otro certamen, entre los que me encuentro con una sonrisa hasta que se resuelva en mayo. 

Siempre se premian los relatos que uno piensa que son menos premiables. Y no dejas de sorprenderte.

Pero cuánto motivan esos premios, sean como sean. Qué agradecida se siente una. Porque son premios, reconocimiento, ánimo. Y a seguir escribiendo.

Se fue abril, sí. Pero, aunque travieso, no se portó mal, no.

Os dejo con el tercer premio, en la Zubia, el único cuya entrega ya se ha celebrado.

Espero que os guste.




La cesta de Caperucita


Blancanieves despertó y nada más sacar las piernas de debajo de la colcha vio horrorizada que le habían crecido en ellas unos pelos más largos que su melena, bueno quizá no tanto, pero desde luego sí más negros que la boca del lobo de la casa de al lado. Corriendo fue derecha al cuarto de baño cogió la silkepil y, sin tan siquiera desayunar su kiwi acostumbrado, se la acercó decidida a las piernas. El aullido tuvo tal potencia que no solo se escuchó en todo el cuento, sino que atravesó todos los cuentos del libro en el que vivían, sobrevoló los demás libros de ese estante y terminó por recorrer la librería entera antes de perderse en el horizonte. Fueron tantas las palabras malsonantes que salieron de la dulce boquita de la princesa, tantos los juramentos e insultos que profirió mientras se frotaba la pierna dolorida, que hasta los piratas y gentes de mal vivir de otros cuentos tuvieron que taparse los oídos y quedaron mudos de la impresión durante siglos. Se cree que Mudito lo es, desde ese aciago día.
Caperucita que vivía en el cuento de al lado, y aún no había salido de casa, preocupadísima corrió hasta su puerta. Pero Blancanieves aunque escuchó el timbre no quiso abrir. ¿Con esa pinta? Porque desde luego ella no pensaba acercar jamás esa silkepil infernal a su pierna. Prefería otra indigestión de perdices, y mira que las había cogido asco.
Caperucita, viendo que nadie abría, olvido el decoro y comenzó a llamarla con unas voces más fuertes que Garbancito en la tripa del buey. “Shhhh, ya voy, calla” dijo Blancanieves reconociendo la voz de su amiga y preocupada por si despertaba a Bella que vivía tres cuentos más allá. “Estarás ronca…” fue lo primero que dijo Caperucita. “Ronca ¿yo?”. “Sí tú ¿Te duele la garganta? Después de ese grito…” insistió irónica la de la capucha. “No estoy para tonterías porque mira…” solo contestó Blancanieves, y sin decir más se abrió la bata de princesa de par en par mostrándole las peludas piernas.
El de Caperucita fue el segundo alarido de pavor de aquella mañana. “¡Pero tía que eres princesa no puedes ir así por el cuento!” “Ya lo sé…” -Contestó entre hipidos Blancanieves- “Pero duele muchííísimo” y señaló la silkepil como si fuera la guillotina de María Antonieta. “¿Has probado con la cera?” contestó Caperucita y sin esperar respuesta corrió hasta su casa y trajo varias cajas de tiras, pues con una caja y semejante pelambrera, no iban a tener ni para las corvas… Pero solo fue capaz de colocarle una tira. Primero llegaron las mil y una quejas: “¡Pero qué está ardiendo! ¡Céntrate que soy Blancanieves no Juana de Arco!” Y después al primer tirón el ronco aullido que salió de la garganta de Blancanieves antes de desmayarse despertó de golpe a la Bella durmiente sin beso de amor ni nada parecido pero con una taquicardia tal que casi desaparece de su cuento y de todos por siempre jamás.
Caperucita mojó un pico de su capa en agua fría y se la puso a Blancanieves en su regia frente a ver si espabilaba. “Blanqui, blanqui, venga, ya pasó, ya pasó…” le decía con ternura mirando de reojo a sus piernas peludas con aprensión. Blancanieves, pálida ya de por sí, estaba del color del papel en que la inventaron. Pero Caperucita insistió tanto en sus paños fríos que tras un par de estornudos a Blancanieves le fue volviendo el color. Sin embargo abrió los ojos, vio sus piernas de nuevo y comenzó a llorar sin remedio: “Tengo más pelos que los siete enanitos juntos ¿Qué voy a hacer?” “Tú no te preocupes, que ya inventaremos algo…” le consolaba Caperucita. “¿Pero no lo ves? Digo yo los siete enanitos juntos ¡tengo más pelos que tu lobo!” “¡Ay no me hables de mi lobo, no me hables! -contestó Caperucita- ni me lo mientes que me tiene contenta…” “Peor que lo mío no será…” “Pues no sé qué decirte…” dijo Caperucita moviendo su cabeza preocupada. “A ver cuenta, cuenta” le dijo Blancanieves olvidando por un momento su pena. “Pues tía que ahora le ha dado por colgarse del brazo mi cestita” “¡Qué me dices!” “¡Cómo lo oyes! Y se mira al espejo, y se remira, y ahora va para acá y ahora para allá, con más soltura que yo, mientras le hace morritos al espejo. Y chica como siempre está con ella al retortero, voy a salir y ni la encuentro… Como hoy. Me has pillado en casa por eso. ¿Dónde me la habrá metido?” “No andará muy lejos” “Pues no la encuentro y mira que he rebuscado en páginas y páginas de nuestro cuento. Pues no aparece. No me tiene roja, me tiene negra y más que negra. Éste es muy capaz de haberse ido a la calle con ella…” Y la imagen del lobo con la cesta por el bosque terminó por hacerlas soltar una carcajada. “No sé ni cómo me río…” dijo Blancanieves. “Si tú supieras… ¿Pero de quién te crees que son éstas tiras de depilar?” “¡No fastidies! Pero qué dolor, es inhumano!” “Normal, él no es humano… Además dice que la belleza es dolor y lejos de importarle cuando no está con la cesta está liado con las tiras… Me va a volver loca, y entonces ya seremos dos en mi cuento”. “Qué animal –dijo pensativa Blancanieves- con la suerte que tiene de ser lobo. La suerte de poder salir con sus pelos al aire. Lo que yo daría por no tenerme que depilar…” Y ambas se quedaron calladas pensando. Hasta que Caperucita mirándola fijamente le dijo “Y exactamente ¿Qué darías? No lo digas por decir, y piénsalo bien ¿Qué darías por no depilarte? ¿Qué darías por no hacer lo que se supone que debes hacer siendo princesa?” Y a Blancanieves no le costó demasiado contestar: “Cambiaría el cuento”. “¿Sí? ¿De verdad lo harías?” Insistió Caperucita a la que ya le rondaba una traviesa idea bajo la capucha. “De verdad de la buena” contestó Blancanieves, acariciándose sus peludas piernas de princesa antes de sonreírle.
Cómo era de imaginar desde aquel día Caperucita y Blancanieves cambiaron sus papeles y por tanto su destino. Caperucita se ha acortado la capa, y con la tela que le ha sobrado se ha hecho un tanga rojo con el que espera feliz a su príncipe de turno.
Blancanieves prefiere al lobo. Le encuentra menos afectado y le da mucha más libertad. Ella es feliz sin estar a merced de maquinitas despiadadas y arropada por sus pelos; feliz sin vestirse de princesa y mucho más sin tener qué parecerlo. Y a él le gusta más ella cuando se gusta a sí misma. Además anda dándole vueltas a lo del laser, le han dicho que, aunque es más laborioso, el resultado es mucho más definitivo.
El problema es la cesta. Sigue sin aparecer. Así que habrá que seguir cambiando el cuento, uno a uno los cuentos, hasta que todos los personajes estén contentos y en paz con ellos mismos, con lo que tienen y lo que son.
 Y mientras, seguiremos atentos a ver si aparece la dichosa cesta.

©Rocío Díaz Gómez

 


domingo, 18 de febrero de 2018

Entrega de Premios del XXXI Certamen Nacional de Cartas de Amor de la Asociación El Timón de Puertollano



Como os decía en la entrada anterior, este viernes 16 de febrero me hice un viajecito relámpago a Puertollano, para regalarme una tarde literaria. 

Me dieron el 3º premio por una de mis cartas de amor en el XXXI Certamen Nacional de cartas de amor que organiza la Asociación El Timón de Puertollano. Un premio es un premio.

Mereció mucho la pena el viaje porque lo disfruté mucho, aunque yo era la tercera me sentí muy bien tratada. Todo el acto fue muy variado y completo, las tres ganadoras leímos nuestras cartas de amor y fue la entrega correspondiente. Habló después la Presidenta de la Asociación. A continuación hubo un pregón por parte de un escritor, poeta y Alcalde de La Solana Luis Díaz-Cacho Campillo. Y después habló la Alcaldesa de Puertollano, Mayte Fernández. Para finalizar hubo dos actuaciones por parte del grupo de danza "José Granero" que me encantaron, originales y entretenidas, qué bien lo hacían estas chicas. Lástima que no lo pude ver terminar del todo (aunque me dijo Pilar, la secretaría de la Asociación, que ya debía quedar muy poquito) porque me tenía que ir corriendo al Ave. 

Quiero dejar memoria de la tarde aquí, porque ya va a formar parte de mi biografía literaria por méritos propios. 

Por último volver a dar la enhorabuena a mis compañeras premiadas: Raquel Gómez Castellanos, de Puertollano, con el trabajo “Mi amor es un poema" con el que ha obtenido el primer premio y a Angeles del Blanco, de León, con “Carta inacabada”que obtuvo el segundo premio. Y muchas gracias siempre al jurado que entre tantísimas cartas quiso que la mía estuviera entre las tres premiadas y a Pilar, la secretaría de la Asociación, y a Manoli, otra compañera de la Asociación, creo que se llamaba así porque con tantos nombres a la vez dudo, por estar pendiente de mí y ser tan amables.

Con muchas señoras de la Asociación, la Alcaldesa, el jurado, el Pregonero, las premiadas...

El presentador, que la verdad es que lo hacía muy bien

De dcha a izda. La Presidenta de El Timón, La Alcaldesa de Puertollano y el Alcalde de la Solana y poeta

Pilar, la secretaria de la Asociación El Timón

Las tres premiadas en nuestro sitio

En el momento de la entrega de mi premio

La ganadora del 2 premio: Angeles del Blanco

La ganadora del 1 premio: Raquel Gómez



Y por último dos momentos de la actuación. Estuvieron fenomenal.





sábado, 17 de febrero de 2018

"Esa mancha de harina de tu frente" Relato de Rocío Díaz Gómez

La preciosa foto está tomada de internet. Chuerrería Madrid 1883

Ayer, 16 de febrero de 2018, me dieron el tercer premio en el XXXI Certamen de Cartas de Amor de la Asociación "El Timón" en Puertollano.

En otra entrada os contaré la entrega de premios, que mereció mucho la pena, pero hoy quería dejaros con mi Carta de Amor que se titula "Esa mancha de harina de tu frente" y dice así:


Esa mancha de harina de tu frente 
Rocío Díaz Gómez

Princesa,
Una vez escuché que en un desierto había nevado. Durante unas horas solo, pero bastaron para que la nieve cubriera toda la arena, como si la arropara, deshaciéndose después sobre ella, empapándola despacio, como si la mimara. Cuando lo escuché, cerré mis ojos, y sin querer sonreí, porque si eso había ocurrido, también ocurriría nuestra historia. Aunque fuera la más difícil del mundo porque nunca estábamos al mismo tiempo en el mismo lugar. Aunque en ese mismo lugar pasáramos ambos seis meses al año, pero siempre esos seis justo que el otro no estaba. Ya era mala suerte. Pero una vez en un desierto nevó. Y tú eras puro arrope.  

Todos los años cuando llegaba junio y el calor picaba a traición en el cuello y el alma, apetecía de postre una rajita de melón. Y para eso estaba yo, para venderlos, para convencer a las señoras de que los míos eran puro azúcar. “Puro arrope María” les decía a todas: “Puro arrope y no esos pepinos que os venden en el mercado” decía con desparpajo y naturalidad a las clientas porque era la pura verdad. “¡Anda zalamero! no eres tú negociante ni nada...” me contestaban con una sonrisa. Pero se los llevaban porque era verdad y me creían. Yo era de los auténticos del ramo, de los genuinos meloneros de la Asociación de vendedores de melones y sandías de la Comunidad. Y allí estaba, como un clavo más de mi puesto, todos los junios en la misma esquina. Año tras año. En esa misma esquina donde tú todos los octubres, una vez que yo me había ido, colocabas la churrería. Porque cuando llega el otoño y ellas se ponen la rebequita que parece que refresca, con esa brisa que se cuela por el escote poniendo piel de gallina hasta en la etiqueta de la ropa, llegaban tus churros y llegabas tú. Y yo sin saberlo…

Hasta que aquel bendito año, mediaba junio cuando me acerqué por el barrio a echar un vistazo. Me gustaba pasarme unos días antes por los alrededores, por aquello de ir tomando contacto. Mediaba junio y encontré que aún la esquina estaba ocupada. Junio claro y fresquito para todos es bendito. Y a mí me bendijo Cupido, vaya si me bendijo, aquel junio que remoloneaste para estirar más el negocio aprovechando aquellas tardes que aún se dejaban acompañar por un cafetito con leche y unas porras. Porque allí te encontré, allí subida en tu torreón de caravana móvil, manchada la frente de harina, que ¡ole que mancha!, ya hubieran querido los indios saber pintarse así para sus guerras. Allí subida, con los colores dibujados por el calor que desprende la máquina de amasar en tus mejillas, con la pala mezcladora de madera en tu mano, como una hechicera mágica revolviendo pócimas. Allí, mezclando la harina de trigo con el aceite de oliva, la sal marina con el agua, mezclando requetebién todos los ingredientes con tus manos sabias de churrera. Sabias, tenían que ser. Porque desde ese mismo momento que te vi allí en mi esquina, la deseé nuestra. Y lo que hubiera dado por ser la masa de tus churros, sentir tus manos moldeándome, sujetándome en los malos días para no dejarme caer al aceite, acariciándome en los buenos para dejarme sentirte.  

“Buenas tardes señorita” dije todo lo educadamente que supe. “Buenas ¿Cuántos le pongo?”, dijiste sin apenas mirarme. “No, tartamudeé, si yo, yo no quiero churros...”. Tartamudeé, con el desparpajo que gastaba yo con mis clientas.

Ya hace mil años de aquello, y aún hay momentos, muchos, que me haces tartamudear. Ahora que hace mil años que compartimos nuestra esquina porque no paré hasta que cambié mi puesto por tu torreón Princesa. Yo que era de los genuinos dejé el gremio para estar contigo. Y jamás me he arrepentido. Bendito aquel junio fresquito y benditos todos los años que llevamos juntos. La nuestra era la historia más difícil. Pero nada más verte supe que todos los días de mi vida tenía que mirar esa mancha de harina de tu frente, ole qué mancha. Porque una vez en un desierto nevó y bastaron solo unas horas para que la nieve lo arropara. Porque tú eras puro arrope y yo solo un insignificante melonero, pero uno que si de algo sabía, era de arrope.

Febrero 2018
Rocío Díaz Gómez

domingo, 4 de febrero de 2018

Los Goya y uno de mis relatos: "Aquel mágico proyector naranja" de Rocío Díaz


Anoche, 3 de febrero, fue la gala de entrega de los Premios Goya de nuestro cine. En la gala se quería reivindicar el papel de la mujer en el cine. De hecho finalmente ha ganado mejor película y mejor dirección una mujer, Isabel Coixet.

Yo quería poner mi granito de arena con uno de mis relatos. Muchos ya lo conoceis, pero yo le tengo cariño. Lo premiaron en el año 2015 en el XXV Certamen Literario Frasquita Larrea en Chiclana.

Aquí os lo dejo, porque como nos querían decir en la gala de los Goya, también las mujeres quieren, pueden y deben hacer cine. Lo hacen muy bien.





Aquel mágico proyector naranja

Durante tres años seguidos en mi carta a los Reyes Magos pedí un Cinexin. Me trajeron la Nancy azafata, la cocinita completa con  batería de acero inoxidable y hasta la Magia Borrás, pero del Cinexin ni rastro. Ni tan siquiera con uno de aquellos fantásticos trucos de la Magia Borrás conseguí verlo. Mi frustración fue en aumento hasta que el tercer año solo anoté ese juguete en toda mi carta. En mayúsculas y en el centro del folio, remarcado con rotuladores de distintos colores y entre admiraciones. ¡QUERÍA UN SÚPER CINEXIN! Del mismo modo que en mi lista habían pasado tres años, para el objeto de mis deseos también había pasado el tiempo y se había modernizado. Ahora era más “Súper” que nunca.
Pero aquel año mis padres, por oscuras razones, decidieron contarme la verdad sobre la existencia de los Reyes Magos. Y en consecuencia hasta se sentaron a discutir conmigo la conveniencia o no de echarme el ansiado Cinexin: ¿No era ya un poco mayor para eso? ¿No era un poco masculino? ¿No sería mejor un set completo de maquillaje? Las actrices están muy guapas requetepintadas. O bueno quizás si mi timidez no me dejaba ser actriz podría dedicarme a ser maquilladora de películas, ya que ese mundo del celuloide parecía gustarme tanto.
Como aún no había conocido al entrañable ET,  juro que en ese momento vi a mis padres colorearse de verde, transformándose en auténticos extraterrestres.  ¿De qué me hablaban? ¿Qué tenía que ver un maquillaje con el Cinexin? No entendía nada de nada. ¿Cómo explicarles que yo no quería estar delante de aquel mágico proyector naranja sino detrás? Yo no quería salir en las películas, yo quería hacerlas avanzar, detener o congelar sus imágenes. Yo no quería salir en las películas, quería re-pro-du-cir-las: con ese verbo de cinco sílabas que decían en los anuncios de aquel juguete que nunca logré que me echaran los Reyes Magos.
Pero lo cierto es que, frustración de más o frustración de menos, una sigue creciendo.
Y llega un momento que piensas que quizás era verdad, que quizás te vendría mejor el set completo de maquillaje, y toda ayuda iba a ser poca, porque empiezan a gustarte los chicos y te parece ver en una excursión del Instituto a uno calcadito al Harrison Ford  de Indiana Jones ¿Cómo no querer estar más guapa para las aventuras que sin duda alguna viviremos juntos? O te cruzas en aquella discoteca de los viernes con el chulo Danny Zuko de turno haciéndose el dueño de la pista y no puedes despegar los ojos de sus piernas mientras rememoras aquella escena final en la que, de negro y adornado de una gran sonrisa, se acercaba y sacaba a bailar a la protagonista de Grease. Una protagonista con  la que coincides de sobra en ese aire arrebatador de chica modosita del montón que en cuánto él se acerque se va a transformar mágicamente, y ríete de aquella Magia Borrás, en la única a quién él quiere: “Ai cachú, ai guont chu player” cantábamos destrozando la canción en aquel espanglish imposible. Y así sucesivamente hasta que un buen día, mira qué suerte, te termina besando el Richard Gere del barrio. Ese desgarbado galán de cazadora de aviador y flequillo, a quién le haces repetir una y otra vez la secuencia del primer beso porque por más que lo intentas no consigues escuchar de fondo la banda sonora del que tendría que ser el gran amor de tu vida y que al final no lo fue tanto. Porque lo cierto es que ni él era Richard Gere ni yo Debra Winger por mucho que tuviera el pelo negro, largo y rizado.
Toda la vida me he empeñado en querer formar parte de una película, cuando lo que hacía no eran más que cameos. Casi sin darme cuenta, escena tras escena, he querido emular a Patricia Arquette en Amor a quemarropa, he querido vivir historias pasionales y violentas, y he elegido tan bien en el casting a los  protagonistas masculinos que he terminado interpretando Tesis o Te doy mis ojos. Quise hacer cine de autor y resulta que muchas veces he tenido una vida de serie B.  Más me valía haber aparcado el género romántico y haberme dedicado a Los Cazafantasmas, a juzgar por cuántos he conocido.  Hasta que la Thelma que había en mi interior decidió hacer un fundido en negro con su historia y escapar hacia delante sin mirar atrás. 
Porque ¿Qué les voy a contar que ustedes no sepan? La vida es una road movie. Y  lo cierto es que yo necesito dotar a la mía de efectos especiales porque si no la rutina me aplasta,  necesito imaginar el clac de una claqueta cerca para ponerle mi mejor perfil al destino, y tal y cómo está este país todos terminaremos con un papel en Full Monty. Por eso la voz en off de mi interior me dice que, mientras llega ese día, al menos haga lo que me gusta, me deje de argumentos inventados por otros y dirija yo mi propia historia.
Que a mí, señores Académicos, y ya, ya termino, lo que me gusta es el cine. Claro que sí. “Juro por Dios que nunca más volveré a pasar…” hambre de cine. Me muero de amor por él, por eso no pueden ni imaginar lo agradecida que me siento por este premio a la mejor dirección. Tanto, que no tengo ni tiempo para terminar de agradecérselo a todos lo que han hecho posible que esté hoy aquí recibiéndolo. Así que, perdónenme, pero utilizaré hasta los créditos de este discurso para seguir haciéndolo.
Pero por favor, antes de que suban a quitarme el micrófono, por favor déjenme que haga un flash back y se lo vuelva a agradecer sobre todo a aquella niña que fui, a aquella que bien pronto supo en qué lado de la cámara yo debía estar, a aquella que durante años apuntó el mismo regalo en su carta a los Reyes Magos. Ese regalo escrito en  mayúsculas en el centro del folio, remarcado con rotuladores de distintos colores y entre admiraciones, era el único regalo que quería, que quiso siempre y que aún quiere. Por ello, y se lo vuelvo a pedir por favor señores Académicos ¿No podrían ustedes cambiarme el Goya por un Cinexin? Que Goya ni que Goya… ¡Un Cinexin señores Académicos, un Cinexin de color naranja! Eso es lo que realmente le haría feliz a aquella niña que fui. ¿No creen ustedes que es hora ya de otorgárselo?

©Rocío Díaz Gómez