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sábado, 26 de noviembre de 2011

Premio en el XX Certamen de Narrativa María Fuentetaja de El Escorial



El jueves fue la entrega de premios del XX Certamen de Poesía y Narrativa Maria Fuentetaja del Ayuntamiento de El Escorial, donde me dieron el premio a la mejor obra escrita por una mujer, por mi cuento "Por triste".

La verdad es que uno se alegra mucho cuando te dan un premio. Es una inyección de motivación y reconocimiento. En este caso, y en narrativa, el número de obras presentadas había sido de 319 (164 escritas por hombres y 155 por mujeres).

El jurado del premio estaba formado por: Dª Blanca del Cerro Gutiérrez (Escritora. Ganadora del XVIII Certamen de Poesía y Narrativa María Fuentetaja), Dª Isabel Díaz Serrano (Poetisa., promotora cultural y crítica literaria), D. Sergio García Soriano (Psicólogo y escritor), Dª Concha Fernández (Escritora), D. Carlos de la Calle (Escritor) y Dª Victoria Taboada Soto (Profesora de Historia del Arte y Literatura).

La entrega de premios fue en el salón de actos del Centro Cultural Villa de El Escorial. Esta es otra cosa buena de los premios, que te da la ocasión de ir conociendo la geografía española. Muchas veces son pueblos o ciudades donde ya he estado, pero otras, muchas veces la verdad es en pueblos que no se me hubiera ocurrido visitar si no es por estas razones. En este caso, El Escorial ya lo conocía, pero sobre todo había estado en San Lorenzo de El Escorial, donde el Monasterio y no en la parte de abajo, que es donde estaba este Centro Cultural.

En primer lugar hubo una conferencia a cargo de Dª Victoria Taboada sobre la reina Isabel II de España muy amena e interesante. Me gustó mucho cómo contaba la historia Dª Victoria, hizo una exposición de forma muy clara y muy ordenada. Daba gusto escucharla. Parece ser que pertenece a un curso de conferencias sobre distintas Reinas que se titula "Las reinas que hicieron historia". Qué pena no vivir más cerca para poder ir.

Después por parte de Dª Carolina del Campo, secretaría de la Concejalía de Igualdad de Oportunidades, se llevó a cabo la lectura del acta y subimos los dos premiados (Poesía y Narrativa) a recoger el diploma y a leer nuestros textos. Dª Carolina ha sido también muy amable conmigo. Cada vez que se ha dirigido a mí me ha dado toda la información de forma muy amplia y siempre con mucho agrado.

Y nada, pues que ya pasó... Lo paso fatal con los nervios, pero luego la verdad es que siempre están bien estos actos. Te das cuenta de que hay personas muy agradecidas con el relato que les lees, muy amables, cuando terminas enseguida vienen a darte la enhorabuena y a comentarte cómo les ha parecido. Da gusto. 

Si quereis leer el acta o incluso las obras ganadoras y finalistas, están colgadas en la web del Ayto. de El Escorial. En el bloque de la izquierda vais a Cultura, después en Actividades 2011, y por último Certamen de Poesía y Narrativa 2011. Os dejo el vínculo:

http://www.elescorial.es/


De todos modos también os dejo con mi relato. Cuando escribo casi siempre me gusta ir alternando los tipos de relatos. Si la última vez he inventado un relato serio pues después toca intentar escribir uno más distendido. Me gusta alternarlos. Este es de los distendidos. Es un relato sobre la literatura, es un guiño, un juego con las figuras literarias y con el lenguaje mismo...

Bueno a ver qué os parece.


 
¡Por triste!
Un día perdí los adjetivos. Como lo oye. Menudo conflicto. Qué digo conflicto, qué desesperación. Porque, quieras que no, te preocupas. Se pueden perder las llaves, las gafas, la cartera y sobre todo los nervios, pero ¿los adjetivos? ¿Quién pierde hoy en día los adjetivos? Nadie. A esos nos lo pierde nadie... Lo lógico es tener tus adjetivos siempre al alcance de la vista, o mejor dicho de la lengua. Pero ¿cómo se sentiría usted si de pronto se diese cuenta de que los ha perdido? No hace falta ni que conteste, fatal, cómo me sentí yo, frágil, perdido, desnudo, indefenso, neutro. No se puede usted ni imaginar la angustia de esas horas en que no los encontraba… Porque claro al final aparecieron. ¿Que qué dijeron? Que habían estado jugando. Imagínese. Esa fue la absurda explicación. Jugando. Como niños. No lo podía creer. Después de los nervios, la preocupación, los problemas y que habían estado jugando…  Pues sí los adjetivos también juegan. Ya lo ve. Bueno, bueno, bueno. Uno a uno les fui llamando al orden, me enfrenté a ellos, les regañe y hasta les amenacé con encerrarlos para siempre, claro que en el fondo cualquiera sabe que aquello traería más problemas que soluciones, así que al final tuve que aguantarme y como a niños dejarlos sueltos...

Todo comenzó aquel día que resbalé. Otras veces había resbalado en casa, en la acera, en el metro... pero nunca había tropezado con un tropo. Con un tropo no resbala nadie ¿no? Pues sí, porque allí estaba, en mitad de la calle, en mi camino, entre mis pies… Y con lo patoso que soy pues tropecé con él, me enredé entre sus ambigüedades y caí en todo el centro de una enorme metáfora, dentro de la cual y sin remedio empecé a sumergirme poco a poco. Era un espejismo. ¿Qué digo un espejismo? Era una auténtica pesadilla. Porque su gran fuerza poética me absorbía y absorbía. Me succionaba. Y quizás no fuera una metáfora sino una metonimia, ya sabe que son familia, porque me hundía, me hundía sin remisión, aunque hacía esfuerzos y esfuerzos por salir de allí, cuando lograba sacar una parte me arrastraba el todo, cuando intentaba saltar sobre el continente, parecía aspirarme con más fuerza aún el contenido. Una pesadilla, ya le digo. Daba una brazada, y me hundía, daba otra y me hundía aún más en su significado. Iba a abandonarme ya a mi suerte, sin comprender aquello, cuando entre los esfuerzos acerté a divisar un palíndromo. Aunando todas mis fuerzas intenté cogerlo, pero como era por delante como por detrás, por un lado como por otro, se me resbalaba entre los dedos, y así una y otra vez, una y otra hasta que conseguí asirlo por el centro, me impulsé y al fin logré salir de la metáfora, o de la metonimia, o de qué sé yo qué maldito tropo era ese... Quizás era una alegoría pensé después... que no alegría porque salir, salí de allí, pero cómo salí...

Al borde del agotamiento, una vez fuera del tropo, al intentar respirar me acometió un ataque de enumeración, una y otra y otra, y otra vez más me tuvo la enumeración sin poder hablar, ni explicarme, sin parar de enumerar de forma virulenta y polisintética, qué menudo número hasta que conseguí ordenarme por dentro, porque no hubo de parar el ataque hasta que no bebí un litro de y griegas. Pero eso no fue lo peor, no, lo peor es que a raíz de los esfuerzos, se me salieron los acrósticos. Cómo se lo cuento. Formaban un bulto vertical claramente visible sobre la horizontalidad de mi piel. No, no escocían, no dolían, no sangraban, pero estéticamente llamaban un poco la atención no le voy a engañar. Aún así sabía que no debía preocuparme. En mi familia siempre habíamos padecido de esos órganos. Al primo Genitivo también le molestaban, pero a él se los sajaron, desde entonces se le conocía en el pueblo como Genitivo Sajón. También le ocurrió a otro primo, al Dativo, el que vivía por la declinación del río, pero él no tuvo suerte y murió. La literatura le tenga en su gloria. Así que más por miedo que por vergüenza, desde que se me salieron los acrósticos, decidí sufrirlos en silencio. 

Pero como consecuencia de aquel horrible y metafórico episodio, arrastré durante semanas un dolor y una ronquera que no se me curaban. Sabía que necesitaba atención facultativa, sin embargo cuando intentaba explicarlos ante el doctor no lograba definir, no podía detallar síntomas, no alcanzaba a explicar la intensidad, ni la profundidad, ni el grado, ni el malestar que me aquejaba. Y fue ahí, ahí fue cuando me di cuenta de que en la caída no solo me había hundido en una metonimia, me había costado asirme a un palíndromo, me había acometido un ataque de enumeración y se me habían salido los acrósticos sino que además, y sobre todo, me había ocurrido algo infinitamente peor: había perdido los adjetivos. No sabía qué había sido de ellos, suponía que al caer se me debían haber deslizado desde los bolsillos, se habían extraviado, echando a correr, cayendo por las alcantarillas, volándose con aquel vendaval literario...  ¿Qué sabía yo? Mis adjetivos... me preguntaba lloroso ¿Dónde habrían ido a parar? 

Ya ni me preocupaban los acrósticos, lo que a mí me amargaba la existencia era haber perdido los adjetivos, no quería yo ser el ablativo de todo el pueblo. Si yo contaba que me había quedado sin ellos, la noticia correría de boca en boca, como pólvora, en los pueblos son así, y me mirarían raro. Ya notaba yo que estaba cambiando, como una brújula que ha perdido el norte me sentía… Intentaba hablar y mis sustantivos salían a pasear por el aire como soldados uniformados, no existía diferencia alguna entre ellos. Echaba de menos a sus parejas, a los que hasta aquel entonces habían paseado de su brazo otorgándoles cualidades. ¿Y los colores, la intensidad, los atributos que los diferenciaban...? Ay mis calificativos que me habían ayudado tanto, mis queridos epítetos que ya no estaban... Y de suspirar por ellos y omitirlos, de esconder la pérdida, de tragarme el dolor y sorberme la tristeza, me resentí del zeugma. El vacío se me agarró a los riñones y a las amígdalas y no me dejaba hablar con fluidez, tiraba de mí para que yo omitiera palabras, para que me reservara información. Yo que siempre había pecado de espontáneo, de no guardar los secretos...

Así que volví a la consulta, no podía decir que había perdido los adjetivos, que clase de hispanohablante pensaría el médico que era yo, pero podría quejarme del zeugma que me martirizaba la vida y maltrataba mi vocabulario. En el fondo lo que más me asustaba era que una mañana alguien empezara a llamarme Antonomasio, padre de los dolores, que la gente es así, que hace leña del árbol que cae, lo sabré yo... Y luego el sambenito a ver cómo se lo quita uno de encima... si no que se lo digan a mi primo Genitivo.

Total, que el doctor Haiku, ante la gravedad de mis síntomas, procurando olvidarse de la medicina que solía practicar que en mi caso no haría que éstos remitieran, me escuchó muy atento lo del zeugma, la puntita del iceberg nada más en todas mis dolencias, y apuntó un tratamiento de choque: Una anáfora por la mañana, otra por la tarde y otra por la noche durante semanas, friegas con comparaciones a lo largo del día, tanto en la garganta como en los riñones, unas gárgaras con un anacoluto todas las mañanas y por último, vahos de aliteraciones por las noches en el pecho, que eso me gustó porque me recordó a mi infancia y el “vipsvaporub”. Este tratamiento me prometió que mejoraría mi vocabulario, mi expresión, mis ideas... El tratamiento aseguró que les daría fluidez, les imprimiría ritmo, les colorearía de sonidos.

-                     Te voy a hablar como a un subjuntivo de mi familia -y con la mano en el fonendoscopio dijo que quizás me curara o me curase- Pero no te quiero engañar -añadió- va a ser un tratamiento que te va a suponer esfuerzo y dedicación... no abandones. Si no tendré que volver a mi medicina, recetarte inyecciones con versos, esas que duelen de verdad porque van cristalizando según entran en el cuerpo, o supositorios que te obliguen a contar una y otra vez las sílabas de las frases y la disposición de los acentos…
-                     No doctor, por favor, eso no -le supliqué con angustia en algo más que en la voz. No me imaginaba cómo podría quedar yo después de esa medicina. 
-                     Tranquilo, quizás no sea necesario llegar hasta ese extremo, veremos como respondes al tratamiento...

De camino a casa, decidí ir dando una perífrasis, necesitaba pensar y tranquilizarme, y entré en una biblioteca a rezar a todas las figuras sagradas para que acudieran en mi ayuda. Rogué con tres rataplán, plán, plán, dos mec mec y en un tris ante la rica Onomatopeya, para que se apiadara de mí y me otorgara sus favores. Rogué ante la irracional Prosopopeya con solemnidad para que no me dejara convertirme en una fiera, perder el conocimiento, los principios y adjetivos... Rogué y rogué y rogué ante la Redundancia formas y más formas de acudir en mi ayuda. “¿Dónde andarán mis adjetivos? -penaba yo-. Si aparecieran desaparecerían mis problemas...”. Y seguía rezando a las figuras para que intercedieran por mí... “Sin ellos ya no podré pensar, ni hablar, ni escribir, ni relacionarme, ni nada... Seré un ser neutro, opaco, vacío.” No alcanzaba a imaginar una vida lejos de mis  adjetivos... El desamparo me embargaba... La desolación, la aflicción, la angustia, el pesar... iban haciendo mella en mí y no dejaban de estrujarme el alma con saña.

Hasta que unas lágrimas dejaron de obedecerme y se deslizaron vertiginosas por mi cara como por un tobogán. Al sentirlas y sin pensarlo me llevé los dedos hasta ellas, mojándome con su tacto.

“Pero qué triste estoy” alcancé a decir finalmente.

Y en ese momento oí una vocecita chillona  que decía:

-          “Por triste” dando una palmada a la pared victorioso.
-          Jo, -se quejó triste- no vale... Ha sido por su culpa... -decía señalándome... jo, siempre yo ¿Por qué?...

Y entonces empezaron a salir todos de sus escondites, “triste” dando patadas de desilusión, “alegre” dando saltos, “desconfiado” mirando hacia todos lados, “sonriente” enseñando hasta las muelas, “azul” haciendo piruetas de surf sobre una ola, “pensativo” tocándose la barbilla, “perezoso” bostezando, “cansado” sentándose por todos lados, “feliz” deslizándose levitando sobre los demás... Y llegó sudoroso, preocupado, paciente, nervioso… Y hambriento, y enfadado y estudioso... y todos los demás.

Todos, todos empezaron a salir de sus escondites y aparecieron ante mí, como son ellos: distintos, únicos, mágicos.
-          ¿Pero se puede saber dónde os habéis metido? les reprendí como un padre,  cogiendo a enfadado por los hombros, pero sin saber si reír o seguir llorando esta vez de alegría…
-          “Estábamos jugando...” contestaron ellos todos a la vez.


Y sin prestarme más atención, salieron corriendo para todos lados y gritando “La próxima vez la liga triste...” Y triste detrás de ellos se quejaba de su suerte “Jo, siempre yo, ¿por qué a mí? Qué pena y qué desgracia...”
Y me sonreí viéndoles alejarse... pero sintiéndolos tan cerca que solo con nombrarlos aparecerían ante mí. Y se me pasó el dolor y la ronquera y el zeugma y los acrósticos y ya nadie, nadie me llamaría Antonomasio, porque mis adjetivos seguían a mi cargo, seguían en mí para colorearme la vida de emociones.


©Rocío Díaz Gómez






domingo, 13 de noviembre de 2011

De premios literarios y otras alegrías...




En la entrada anterior os contaba que estoy finalista en dos certámenes literarios... Pero lo que aún no os he dicho es que ¡¡SÍ ME HAN PREMIADO!! en un certamen de El Escorial.

Me llamaron el jueves para decírmelo... La verdad es que cuando te llaman y preguntan por tí y después de decir que eres tú empiezan a decirte que te llaman del Ayuntamiento de tal, en relación con el concurso de cuentos de... te entra un subidón que madre mía... Era un jueves lluvioso y gris en Madrid y oye nada más colgar es que no podía parecerme de más colores... Qué alegría...

Pues eso, que no quiero ser más egocéntrica, que estoy contenta.

Un día de éstos que lo van a colgar en la web, os dejo el vínculo para que lo podais leer...

La entrega de premios es el día 24 de este mes. Ya os contaré...