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viernes, 11 de septiembre de 2009

De vuelta. Costa Rica.


















Entre un “Pura vida” y un “Mucho gusto” palpita Costa Rica.

Los ticos, como se llama a los costarricenses, por su afición a terminar las palabras con esos diminutivos, suelen saludar con un “Pura vida”. Y cuando ya has estado allí comprendes ese saludo.

La VIDA, con mayúsculas, salpica cada instante de aquella tierra. La VIDA estalla por los aires y se desliza por el tobogán natural de sus frondosas y verdes plantas, la VIDA empuja sus raíces gruesas hasta sacarlas de la tierra, se posa en todos esos seres que la habitan, que crecen, se mueven, reptan y vuelan libres a tu alrededor. Cocodrilos, monos, pájaros, mariposas, arañas, mapaches, lechuzas. Sus ojos están siempre sobre ti, atentos a cada paso que das. Latiendo a tu lado. Conviviendo contigo en natural armonía.

La VIDA allí, también te moja y te seca para “despuecito” volverte a mojar. Hay un decir, como lo llaman ellos, que habla de su revoltoso clima: “Si no te gusta el tiempo, espera un momento”. Porque así cambia, de rato en rato, tan pronto te achicharra ese sol que cae a plomo sobre ti, como te empapa hasta los huesos ese diluvio que traen unas nubes traviesas y rápidas que de pronto han cubierto lo que era un azulísimo cielo. Quizás tengas suerte, quizás solo sea “un pelo de gato” fino y constante lo que vaya humedeciendo tu paso que se ha hecho tranquilo a fuerza de acomodarse al suyo. Y mientras sientes como tu impermeable, tu mochila, tu pelo, cada centímetro de tu piel chorrea ya sin remedio te quejas con el tono desdichado del no que está acostumbrado a mojarse, en un lamento de “Puuuuura vida”…

Tiene Costa Rica la piel del platanito. La de esos platanitos que ellos comen pero no cocinan. Para cocinarlos están los más grandes, los que a nosotros nos dan en los hoteles. Tiene Costa Rica su pequeño tamaño, su dulce sabor a jugo de fruta madura. Tiene Costa Rica el semblante de sus mil colores, el de la orquídea, el de la riquísima piña, el de la guayaba, el de los bananos, el café, la canela y la sandia. Tiene Costa Rica el olor de la tierra húmeda, la resistencia y firmeza de su base volcánica. Tiene la generosidad de dejarte volar en canopy por las copas de sus árboles, ofreciendo a tus admirados ojos su grandeza. Tiene la humildad de dejarte casi bucear entre sus profundidades, entre sus peces de colores y sus corales escondidos.

Tiene al fin Costa Rica, “unos ticos” de paso lento, pero de talante servicial y agradable. Guarda unos costarricenses que hablan tanto como “un encontrado que estuvo desaparecido”, que comen tanto “arroz con siempre” como si nunca lo hubieran comido a pesar de haberlo desayunado, almorzado y cenado el día anterior y el anterior y el anterior. Tiene Costa Rica unos costarricenses que uno difícilmente podrá olvidar.

Sí. Entre un “Pura vida” y un “Mucho gusto” palpita la Costa más Rica.

Gracias, piensas casi con tristeza cuando el avión despega separándote de ella. “Mucho gusto” susurra ella. Con esa forma tan suya y peculiar de contestar “de nada”. Gracias. Repites, despacio y sobrecogido. “Mucho gusto” susurra otra vez ella, con su voz profunda de tierra rica y amable, alejándose poco a poco de tu vida. “Mucho gusto”.



© Rocío Díaz Gómez
Septiembre de 2009