domingo, 6 de mayo de 2012

"Su propia penitencia" Un relato de Rocío Díaz



Hace mucho tiempo que no os dejo con uno de mis relatos.

He pensado que como hoy es un día especial, el día de la madre, es una buena ocasión para dejaros con uno de ellos, uno de madres. 

Porque además la de mi relato es también un poco "especial". Una "madre especial" que afortunadamente no tiene nada que ver con la mía. Pero es una madre... 

El relato se titula "Su propia penitencia" y recibió el 2º Premio en el VIII Premio de Relatos María Giralt del Ayuntamiento de Valdemorillo (Madrid) en el año 2008.

Ya me diréis que os ha parecido.


Su propia penitencia


Rocío Díaz Gómez

 
Cuando Dios creó todas las cosas, dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Tomó un poco de barro e hizo una hermosa estatua. Pero era algo muerto, sin vida: tenía ojos pero no veía; oídos pero no oía; boca pero no hablaba; manos y pies pero no caminaba (Gen 1: 26-27; 2:7-23). Entonces el SEÑOR sopló el espíritu de vida en el rostro de esa estatua, es decir, creó el alma y la introdujo en ella la cual se convirtió en un hombre vivo. Es el primer hombre, a quien Dios le puso el nombre de Adán, que significa: "hecho de la tierra".



Decía mi padre que mi madre no había nacido del barro sino del cristal. Y como a alguien frágil, muy frágil nos enseñó a que la cuidáramos. Sin embargo con el tiempo y los años, me di cuenta de que mi madre era más de barro que cualquiera de nosotros.

Desde que recuerdo mi madre nunca me abrazó. Cada día acercaba las palmas de sus manos calientes y suaves a mi cara y diciendo en voz baja mi nombre iba palpando toda mi piel, mis carrillos y mis ojos, la línea de mis cejas, el puente de mi nariz, el contorno de mis labios y mi pelo. Esos eran sus buenos días y sus buenas noches. Y del mismo modo iba acariciando después a cada uno mis hermanos. Del mismo modo les daba los buenos días y las buenas noches.

Así, con ese pequeño gesto, con el que acariciaba nuestra piel, y contabilizaba pecas y granos, iba sintiendo dentro de ella como crecíamos.

Porque mi madre no nos podía ver. Eso aprendíamos desde pequeños. Como una sombra se acercaba hasta nosotros cuando sentía que íbamos despertando, detrás de las gafas negras que ocultaban sus ojos y detrás de la chica que nos cuidaba y nos ayudaba a levantarnos y asearnos para ir al colegio. Silenciosa en sus palabras y lenta en sus movimientos, como si temiera que al moverse al mundo le pudiera salir en cualquier momento una mínima grieta por la que pudiéramos deslizarnos. Claro que de eso me dí cuenta más tarde. 

Entonces, solo sabía que ella estaba allí. Siempre estaba allí. Muy cerca. Muy silenciosa. Casi invisible. Siempre allí, pero sin abrazarnos jamás.

Lo que nunca se ha tenido no se debería echar de menos.

Nunca hablábamos entre nosotros de que nuestra madre era distinta a las demás. Esas madres que llevaban a sus hijos a la escuela y les daban un beso y les abrazaban antes de entrar en clase. Esas mismas madres que les esperaban a la salida y volvían a mostrarse contentas de verlos y les volvían a besar y a abrazar.

Nuestra madre nunca nos llevaba ni nos esperaba. Siempre se quedaba en casa. Detrás de sus gafas negras. A nosotros nos llevaba al colegio la chica que nos cuidaba, ella suplía besos y abrazos. Y de vez en cuando, siempre que sus ocupaciones se lo permitían, también lo hacía nuestro padre. Un padre que también nos daba un beso y nos abrazaba antes de que entráramos en el colegio. Como los demás. Como las otras madres.

Durante mucho tiempo no quise ni tan siquiera reconocérmelo a mí misma. No sabía que me pasaba, pero yo notaba que nacía cierta inquietud dentro de mí. Una corriente subterránea muy pequeña, invisible, pero cierta, latía en mí. Un malestar difuso, un escalofrío leve, algo que me incomodaba cuando estaba cerca mi madre. Al principio yo misma pensé que era la pubertad, esos cambios que empezaba a notar en mi cuerpo quizás se traducían en ese revuelo interno, ese desasosiego, esa inquietud molesta. Pero pronto me di cuenta de que si mi madre desaparecía de la estancia en la que estábamos, ese malestar se diluía poco a poco y mi alma se tranquilizaba e incluso, parecía animarse.

No nos faltaba de nada. Teníamos todo cuánto queríamos. Caprichos, regalos, sorpresas. La alegría contagiosa de mi padre y sus abrazos y sus besos. Los cuidados maternales de la chica que nos cuidaba, y sus abrazos y sus besos, ese cariño espontáneo que excedía la atención que le pagaban nuestros padres cada mes. Todo cuánto podríamos necesitar y desear. Y además de tener todo eso, teníamos la atenta, callada y lejana pero a la vez cercana presencia de mi madre. Quizás como un hada de cuento, una sombra benefactora.

Visto así, nuestro mundo parecía perfecto. Lo malo es que a mí esa sombra no me parecía benefactora, me parecía solo eso, una sombra. Y casi al mismo tiempo que me di cuenta de que no aceptaba esa actitud de mi madre, también supe que a mis hermanos parecía no afectarles.

El desconsuelo se iba apropiando de mi interior. Yo quería una madre como la de los demás. Una madre con brazos y boca, una madre con un cuerpo que estrechar al nuestro ¿Por qué no lo hacía?

No, lo que nunca se ha tenido no se debería echar de menos. Pero si ocurre eso, si lo empiezas a extrañar, paradójicamente duele más, duele infinitamente más que si alguna vez lo has tenido. Porque duele el vacío, y el vacío es tan vasto, tan inabarcable, que el dolor no encuentra pared donde chocar y terminar, sino que como el agua encuentra siempre un camino por el que seguir empapándote de desconsuelo.

Y se intercambiaron los papeles. Y yo me volví la sombra de mi madre. La observaba en silencio. La seguía. Sin decírselo a nadie, sin confiar en nadie, casi la vigilaba. Y atenta a sus movimientos la descubrí.

Todavía yo cabía en el hueco de su armario. Y desde ese escondite seguro en el que me refugié una calurosa tarde de domingo, con demasiadas personas en casa como para que nadie notara mi ausencia, vi cómo dejaba las gafas negras encima de su mesilla y se movía por la habitación como la persona vidente que en realidad era.

Veía. Mi madre veía. No lo podía creer. Sus gafas negras no eran más que una barrera que interponía entre ella y nosotros. Eso pensé. Y no entendí nada. ¿Por qué? ¿Por qué alguien que no está ciego se empeña en parecerlo? ¿Por qué quiere hacer creer a todos cuántos le rodean que lo es? ¿Por qué? Pero la curiosidad que sentía se veía aplastada por la sensación creciente de estafa. Y tan enfadada estaba de descubrir el engaño que a punto estuve de salir y descubrirme a mí misma. Y lo hubiera hecho, lo hubiera hecho en ese segundo si no llega a entrar mi padre. Y entonces ya mi sorpresa fue mayúscula porque mi padre lo sabía, sabía perfectamente que mi madre no era ciega, estaba también confabulado en el engaño.

Y me sentí doblemente burlada. Y desorientada. Desconsolada. Y durante la media hora que estuvieron mis padres en la habitación me paralicé. No quería oír más, no quería ver más, cerré del todo la puerta del armario y allí permanecí, ahogándome en preguntas, sumergiéndome en la mayor de las desilusiones, hasta que escuché de nuevo la puerta de la habitación y presté atención para comprobar que habían salido. Detrás salí yo.

Los días siguientes me mostré silenciosa, casi hosca. Pero todos parecieron achacarlo a mi edad. Y no le dieron más importancia. Sin embargo dentro de mí hervía el enfado con las preguntas, bullían en la sensación de engaño. Era una mezcla peligrosa. No entendía nada, no sabía que hacer. Pero no soportaba la presencia callada de mi madre, “Lo sé, lo sé, lo sé” le hubiera gritado. Pero algo me impedía hacerlo, aunque al mismo tiempo me esforzaba por ponerle todos los obstáculos del mundo en su camino. Obstáculos que de no haber visto de veras, hubieran sido motivo seguro de choque o tropiezo. Quería que todos se dieran cuenta del engaño. “¡No está ciega! ¿No lo veis, es que no lo veis?” Y cuánto menos parecían ver ellos, en situaciones más peliagudas la situaba yo. Pero mis hermanos estaban aún más ciegos que ella. Y la chica que me cuidaba me sermoneaba, acusándome de estar en las nubes, de volverme despistada, desconsiderada “¿No ves que tu madre se va a caer?” Y yo me sorprendía de que tampoco ella se diera cuenta de nada. ¿Por qué nadie se da cuenta? Pero es que yo tampoco me la había dado, había necesitado verlo con mis propios ojos para creerlo…

Y lo pensé, pensé que tenía que demostrárselo. Y lo hubiera hecho, claro que lo hubiera hecho si no fuera porque mi padre una noche entró en mi habitación y después de darme el beso de buenas noches me dijo: “Sé lo que estás intentado hacer…” Él se había dado cuenta, él sí se había dado cuenta… “Nos engañáis” fue lo único que contesté yo.

 Mi padre movió la cabeza varias veces, dudando si debía hablar o no. Quiso también hacerme una caricia, pero yo no le dejé. “Tu madre no nació del barro ¿sabes? Nació del cristal, delicada, frágil, eso es lo que ocurre”. Yo seguía sin entender nada. Y le miré dibujando todo el escepticismo del mundo en mis ojos. “Es verdad, sí, os engañamos –admitió por fin él con un suspiro- pero me gustaría que nos perdonaras. Porque no está bien. Aunque si te soy sincero también te digo que si tu madre me lo volviera a pedir, lo volvería hacer. Así sería. Quizás soy un cobarde, pero yo no me quería quedar sin ella. No podía. Es difícil de explicar, pero hay razones, si me dejaras que te contara... Aunque quizás no lo entiendas hasta que tú seas madre, o quizás ni entonces… No lo sé. Pero por favor no se lo digas a tus hermanos. Ellos no necesitan la verdad. Les sobra. Son felices así. Tú no. Ya lo sé. Por eso te lo pido por favor. Tienes todo el derecho a estar enfadada…”

-  Pero... ¿Por qué...? Insistí yo viendo que se iba por las ramas...
-  Por eso, porque tu madre no nació del barro, nació del cristal, delicada, frágil y cuando tú naciste salió a la luz toda su vulnerabilidad”
- ¿Cuándo yo nací?
- Sí, cuando naciste. Eras un bebé regordete, sonrosado, ¿sabes? siempre sonriente. De esos, me dijo, a los que hasta morderías de tanta ternura como inspiran. Si además ese bebé es tu hijo, no te puedes ni imaginar que se siente por dentro... No se puede explicar... Es como si el corazón se te quedara en carne viva, todo te parece poco para alguien tan dulce, tan poquita cosa, tan vulnerable y tan tuyo. Tu madre estaba tan feliz contigo...
- ¿Conmigo…?
- Por supuesto que contigo, y además le encantaba tenerte en brazos. Abrazarte, apretujarte...
- Ya…
- Sí, no me mires así... Me gustaría que la hubieras visto... Necesitaba tenerte siempre en brazos, achucharte... De verdad. Créeme. Y fue la mala suerte la que estropeó todo. La jodida mala suerte… Un día cuando estaba contigo acunándote para que te durmieras, te costaba mucho siempre coger el sueño, te apretó contra ella, para hacerte una caricia, y te apretó tan fuerte que no se dio cuenta de que uno de tus bracitos quedó en mala posición. Fue todo en un segundo, un segundo horrible. Claro te hizo daño y chillaste, chillaste muy fuerte. Ella asustada, intranquila, no se daba cuenta de que era por tu brazo así que más te apretaba pensando que no podías dormirte, acunándote, cantándote, moviéndote, meciéndote una y otra vez, pero no lograba acallarte porque seguía sin ver tu brazo doblado, por más te quería acunar y apretar, seguías llorando… No sabes lo que es que eso… La angustia que te entra… Quiso recolocarte y fue entonces cuando vio por fin tu brazo en una posición que no era normal y angustiada, al ir a ponértelo bien, no sé aún que pasó, no me lo puedo explicar, pero al ir a recolocarte, su propio codo se dio contra la pared y bueno... del dolor, al apartarse, lo hizo demasiado deprisa y... no sé... el caso es que te dejó caer...

Fue un accidente, un horrible accidente, pasaste días y días en cuidados intensivos... daba una penita verte, tan pequeña... Y aunque los médicos enseguida dijeron que no te pasaría nada que era cuestión de tiempo, que tus huesos estaban aún tan blandos que soldarían rápidamente, tu madre no podía con ello... estaba destrozada... todo su afán era decir que no lo había visto, que no había visto tu brazo, que no lo había visto...

No volvió a abrazarte jamás. No volvió a abrazaros a ninguno. Dio igual lo que dijimos todos, los médicos, el psicólogo, la familia... yo. El miedo a volver a haceros daño pudo con ella. Ha podido con ella todo este tiempo.

-    Pero solo fue un accidente... acerté finalmente a decir yo.
-         Sí, dijo mi padre, pero ella se sentía tan culpable que se impuso su propia penitencia...

Han pasado muchos años desde aquella confesión de mi padre. Me costó mucho asimilar todo lo que me había contado. Me costó mucho aceptar que mi madre no cambiaría nunca. Que era superior el dolor a su amor por nosotros. Pero no fue hasta que nacieron mis hijos cuando conseguí perdonarla.

En cuanto empezaron a andar he enseñado a cada uno de mis niños que corran a abrazar a su abuela. Aunque ella sea incapaz de devolverles el abrazo no quiero que ninguno de ellos prescinda de él. Les he enseñado a que ella alcance a sentir sus pequeños brazos alrededor de sus rodillas, de sus muslos, de su cintura, estrujándola. Y cada vez que lo hacen siento que lo estoy haciendo yo. Siento que nos abrazamos nosotras. Y quiero creer que ella también lo siente. Que sus gafas negras dejan de ser una barrera.

Mi madre no nació del barro, nació del cristal, delicada, frágil. Eso dijo mi padre aquel lejano día. Pero yo, creo que no, creo que mi madre no se perdonó jamás porque ella era tan de barro o más que cualquiera de nosotros. Ella era del barro más poroso, más humano que existe.
 
©Rocío Díaz Gómez


2 comentarios:

Henri Husson dijo...

Gracias por compartirlo Rocío, aunque sea ficción haces que afloren emociones.
Besos

Rocío Díaz Gómez dijo...

¡Jaime qué alegría encontrarte por aquí! Muchas gracias por tu comentario y sobre todo por tu opinión. No considero este relato como uno de los mejores que haya escrito ni mucho menos. Pero es de madres, y fue premiado, con lo cual para mí tiene su mérito porque tuvo la virtud de regalarme ese momento. Eso ya es mucho. Además me gusta mucho eso que dices, que hace que afloren emociones, eso es lo bueno ¿no? que nos conmueva. Muchas gracias otra vez. Un beso, Rocío